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José Luis, el guardia civil que detuvo al 'Macho', condenado por tres homicidios: «Llevaba 7 meses tras él»

La noche del arresto, al agente no le tocaba trabajar, pero sustituyó a un compañero que se había puesto enfermo

Guardia Civil 28/06/2022 GDH Digital GDH Digital
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Miguel Silva Fernández, 'el Macho', duerme en prisión gracias a José Luis Zaragozá, el sargento al frente del cuartel de la Guardia Civil en La Puebla de Almoradiel, un pueblo toledano de apenas 5.000 habitantes. Es el guardia civil que arrestó, la madrugada del 3 al 4 de junio, a un delincuente con uno de los historiales delictivos y sanguinarios más pavorosos de España en las últimas dos décadas. «Llevaba siete meses tras él y, para mí, detenerlo se había convertido en una obsesión», confiesa el agente a 'ABC'.

A sus 43 años, 'el Macho' tiene a sus espaldas tres homicidios dolosos, cometidos en Puertollano (Ciudad Real) y por los que fue condenado. ¿Sus víctimas? Un chaval de 18 años, además del padre y del hermano de su actual pareja. Por eso, en los centros penitenciarios que Miguel ha pisado, lo llamaban'el kie', un apodo taleguero derivado del vocablo inglés 'killer' (asesino) que reciben los más 'malotes' en una prisión. Así se lo contó al agente José Luis después de que detuviera a este peligroso individuo, sobre el que pesaban cuatro requisitorias judiciales, dos de ellas para ingresar en prisión, y era un fugitivo desde hacía cuatro años.

'El Macho' felicitó además al guardia, al que confesó que, si hubiera sido detenido en otras circunstancias, a lo mejor le habrían pegado un tiro. «Cuando lo llevábamos a los calabozos de Villacañas, me dio las gracias porque él pensaba que, el día que lo engancharan, los 'guardias de negro' iban a pegarle un tiro a un individuo como él». Y también agradeció que José Luis y su compañero no lo dejaran morir en el cuartel -así se lo dijo- después de que sufriera un ataque de ansiedad, que fue atajado por los servicios sanitarios del centro de salud de Quintanar de la Orden.

Rematar un buen trabajo

José Luis estudió Derecho, terminó un máster en Recursos Humanos, fue vigilante de seguridad en el aeropuerto de Barajas, trabajó como interino en los juzgados de Toledo y luego opositó a guardia civil. Entró en el instituto armado hace 16 años, la mitad de ellos como sargento. Y, además, es un agente con suerte, tan necesaria a veces para rematar una buena investigación.

La madrugada del 4 de junio, a Zaragozá le acompañaron varios golpes de fortuna. «Esa noche no me tocaba trabajar, pero sustituí a un compañero que no podía hacer el servicio porque se puso malo», recuerda el agente. «Además, Silva la lío justo esa noche -continúa-. No se quiso identificar en un salón de apuestas del pueblo, fumó dentro, pidieron bebidas y no la quisieron pagar. Amenazó de muerte al único empleado que había, que se encerró en una habitación y avisó a la Guardia Civil. Por suerte, mi compañero y yo estábamos en Quintanar de la Orden y, en cinco minutos, nos presentamos en el salón de apuestas».

Miguel entregó el DNI, roto y pegado con celo -cinta adhesiva transparente-, de su hermano José Antonio, de 41 años, al que se parece como dos gotas de agua. «Me cantó los datos del documento, porque se lo sabe de memoria, y unos acompañantes que tenían al lado le seguían el juego y le llamaban José Antonio». Pero José Luis sabía que tenía delante al sujeto que llevaba meses investigando.

Se lo llevó al cuartel con mucha mano izquierda para evitar un altercado en el salón de apuestas y en el puesto confirmaron la identidad de Miguel Silva Fernández, un tipo alto (1,85 metros), fuerte y con más de cien kilos de peso. Por eso a José Luis y a su compañero les costó reducirlo cuando se puso agresivo, aunque lograron engrilletarlo.

Dos días a la semana

Era muy difícil que al sargento le dieran gato por liebre. Había estudiado muy bien al tipo escurridizo que contaba con una red de informadores que le daban el 'agua' cuando el guardia iba por la calle o aparecía por el único salón de juegos de este pueblo manchego.

El agente pasaba por la sala de apuestas al menos dos veces a la semana; de uniforme las menos, muchas de paisano; a veces de servicio, otras en su tiempo libre. Unas, con mascarilla; otras, con un chándal «guarro». Se tomaba unos refrescos, dejaba pasar el tiempo viendo un partido de fútbol o jugando alguna partida a las máquinas tragaperras para no levantar sospechas. El sargento echaba horas y dinero. Pero 'el Macho', del que había fotografía en los coches patrulla de la zona, no se dejaba ver. «Era más listo que yo -admite el guardia-; tenía gente que le avisaba cuando aparecía y que también me vigilaba a mí. Cuando lo detuve, me dijo los modelos de mis dos coches y que yo era del Real Madrid».

De Miguel Silva Fernández, el sargento comenzó a recabar una pila de datos después un hecho que sucedió hace meses: un individuo -a la postre, 'el Macho'- causó cortes en el cuello a un empleado del salón de apuestas, donde siempre se negaba a identificarse.

José Luis hizo un árbol genealógico del 'Macho' y de su familia, de etnia gitana. De él supo que tenía pendientes dos ingresos en prisión y otras dos requisitorias de búsqueda y detención, además de los tres homicidios dolosos. A pesar de haber matado a su padre y a un hermano, su pareja sentimental convivía con él. Un tipo controlador y posesivo, según lo describe el agente, que también vigilaba el colegio y el comedor escolar por si Miguel aparecía llevando a algún miembro de su familia.

Abuelo de varios nietos, 'el Macho' vivía con su pareja y algunos de sus hijos en una casa okupada en la calle de La Uva, a unos 400 metros del cuartel y a poco más de un kilómetro de la vivienda de una hija en la calle Entrevías. También se movía por Ciudad Real capital y El Toboso. Incluso estuvo una temporada en Getafe (Madrid), donde tuvo una relación sentimental paralela con una mujer a la que presuntamente maltrató, según la denuncia por la que tendrá que responder en breve.

A la madre de sus hijos la tenía amenazada de muerte, como aquella vez que ella se subió a un tejado y Miguel huyó. «No lo pillamos por tres minutos», recuerda el agente, a quien la esposa le dijo en una ocasión que convivía con su cuñado José Antonio, pero no con Miguel. Con él, José Luis llegó a cruzar dos frases por teléfono una vez que el guardia se hizo pasar por otra persona, y no volvió a hablar con él hasta la madrugada del 4 de junio. Ese día, 'el Macho' cayó después de cuatro años fugado.

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