
Condenado un guardia civil de Ibiza que convirtió la vida de su mujer en una pesadilla
GDH Digital
Aunque nunca le puso la mano encima, convirtió la vida de su mujer durante el matrimonio en una auténtica pesadilla. Un guardia civil destinado desde hace años en Ibiza ha sido condenado a ocho meses de prisión por someter a su mujer a un infierno, menospreciándola y sobre todo con un constante maltrato psicológico, que ha llevado a la víctima a una situación depresiva y de baja autoestima.
Un juez ha condenado al agente de la autoridad a ocho meses de prisión, además de prohibirle el uso de armas durante dos años. El acusado conoció a la víctima en la Península en el año 2011. Poco después nació su único hijo. A los tres años la pareja se desplazó a Ibiza, porque allí vivían los padres de la esposa. La sentencia detalla que desde el inicio de la relación el varón sometió a la mujer a su dominio, con un alto nivel de exigencia para complacerle. Al principio la mujer no era consciente de este maltrato, pero con el tiempo sí se dio cuenta de la gravedad de lo que le estaba ocurriendo.
Un ejemplo de este maltrato psicológico, según detalla el juez, es que el guardia civil encerraba a su mujer y al niño en una habitación porque «le molestaban». Cuando ella estaba embarazada, aprovechando que había estudiado Bellas Artes, quiso pintar la habitación del bebé. Su marido le dijo que «era una guarra por ensuciar la pared».
Insultos habituales
Insultos como «retrasada, mentirosa de mierda, asquerosa o sinvergüenza» formaban parte del vocabulario habitual que utilizaba el hombre para tratar a su pareja. Cuando discutía con ella él la imitaba, hasta el extremo de que el hijo hacía los mismos gestos que su padre para reírse de su madre. En una ocasión que tenía la mesa del comedor ocupada, realizando el disfraz de la escuela de su hijo, el guardia civil empezó a gritar y a decirle que no era un taller, al tiempo que también le exigía que le sirviera la comida.
Cuando la comida que hacía la mujer no le gustaba, el acusado le gritaba y le decía que «era una mierda». En más de una ocasión tiraba el plato y le decía a la víctima que no servía ni para cocinar y que olvidaba cuáles eran sus obligaciones.
Para describir el calvario que sufrió la mujer, la sentencia detalla que en una ocasión que el acusado llegó a su casa se dio cuenta que la ropa de la lavadora no se había tendido. Cogió una prenda y empezó a golpearla. En otra ocasión sacó la bandeja del horno, donde había hecho una pizza, y como la mujer no la había limpiado, le dijo que era una guarra.
El acusado, cuando llegaba a su casa, en vez de guardar la pistola en un lugar seguro, la dejaba en la estantería del salón. En ocasiones se sentaba en el sofá y colocaba el arma sobre sus piernas. Un día la pistola se disparó, aunque sin causar heridos.
La mujer, cansada de este maltrato, decidió denunciar a su pareja.
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